24.5.21

Viajes en el tiempo

Hace ya algún tiempo que leí que la primera máquina para viajar en el tiempo fue descrita por un español, Enrique Gaspar y Rimbau, algunos años antes de que lo hiciera H.G. Wells, en lo que primero iba a ser una zarzuela y terminó por publicarse como novela en 1887. Como siempre me ha gustado la ciencia ficción, me pareció una curiosidad y me hice con un ejemplar editado por la editorial Cazador de ratas.

En una de las Exposiciones Universales de París, don Sindulfo García, insigne zaragozano, presenta su Anacronópete y se explaya a conciencia sobre su teoría del tiempo y el funcionamiento de su máquina para viajar por el mismo. Este capítulo inaugural estuvo a punto de hacerme desistir, pero de repente llega el segundo y la novela cambia radicalmente: se nos cuenta cómo don Sindulfo, solterón empedernido, conoce y pierde a su esposa Mamerta. La muerte de ésta es lo más ridículo que he leído en mucho tiempo, pero la historia aún debe tornarse más absurda. Viudo, el protagonista debe hacerse cargo de su sobrina Clara y cae rendido ante sus encantos, pero la chica tiene otras ideas y planea casarse con un joven soldado que la pretende. Cómo van burlando la vigilancia del tío para mantener el contacto es digno de leer.  Don Sindulfo, ignorante de estos intercambios de cartas y mensajes, no ceja y trama un plan: ¿qué mejor uso para una máquina del tiempo que llevarse a Clara a una época en la que pueda obligarla a casarse con él por ser su tío y mentor? A partir de aquí, aunque retrocedan a la rendición de Granada, a la China del siglo III, ¡a la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya!, la novela es una comedia pura y dura, muy divertida, porque el pretendiente de Clara, Luis, no está dispuesto a perderla y se embarca como polizón con sus subordinados.

Además de don Sindulfo, Clara, su criada Juana (quien lleva toda la carga humorística, básicamente por lo bruta que es y lo dispuesta que está a encararse con su patrón) y los soldados infiltrados, viaja en el Anacronópete Benjamín, otro sabio que colecciona restos arqueológicos. Si su mejor amigo ambiciona la mano de su sobrina, éste busca la inmortalidad.

Hay un par de incisos para explicar las facciones religiosas chinas, la historia de la escritura y similares, que se me hicieron bastante tediosos y algo innecesarios, pero el resto es una novela de enredo muy divertida que incluye una reencarnación y el hallazgo de la inmortalidad... del alma. Como todo aquello que no sea tratado con el "fluido García" sufre su retroacción a su estado original, los restos que llevaba consigo don Benjamín vuelven a verse en la manera que fueron en su época correspondiente, con resultados nada satisfactorios para el coleccionista. No sólo llegan como embajadores de la tecnología a la China del siglo III para descubrir que la arqueología no ha datado bien todos los avances de esa cultura, sino que se ven envueltos en un cambio de dinastía... Todo lo que creen saber de Historia se ve desbaratado, mientras don Sindulfo enloquece al no poder someter a su sobrina y don Benjamín sabotea la máquina para alcanzar el objeto de su búsqueda. Todo es muy atropellado y surrealista, disfruté enormemente de la lectura. Desde luego, no es ciencia ficción al uso, aunque se escribiera en la época en que Verne se podría decir que estaba dando los primeros pasos en el género (don Sindulfo menciona a Verne cuando está explicando a su público el funcionamiento de su máquina y parece ser que había una obra de teatro basada en La vuelta al mundo en 80 días que el autor pudo ver representada).

Si alguno ha ido alguna vez a un taller de escritura, sabrá a qué final no hay que recurrir nunca. Aquí es el único posible, porque la escalada de locura de don Sindulfo por amor a su sobrina llega a tal extremo que ni jugando con las posibilidades de la máquina podría resolverse airosamente. A pesar de un final tan anticlimático y tan repentino, me divertí de lo lindo con esta lectura y es una pena no haberlo sabido reflejar en este post tan soso.

19.5.21

Que no me toques

Siempre he tenido un alto concepto de mí misma pero, hay que reconocerlo, en las redes sociales carezco por completo de comprensión lectora. Quiero despachar pronto cada mensaje para pasar al siguiente contenido y no presto ninguna atención a lo que leo. Fue así como vi una publicación sobre Los viejos creyentes, de Vasili Peskov, en el perfil de Instagram de la Editorial Impedimenta y me lancé a comprarlo en la creencia de que era una novela con un planteamiento original.

No lo es.

Una vez acepté el hecho de que estoy amamonada, disfruté de la lectura. Unos geólogos acampados en la taiga siberiana descubren una casucha en la que habita un padre con sus dos hijas, ya que sus descendientes varones viven en una "isba" aparte. Son personas cuya premisa religiosa es "No podemos vivir en el mundo" y por tanto se apartaron de él muchos años atrás.

El descubrimiento no tarda en llegar a los periódicos y es aquí donde entra en acción el autor.  Cuando se persona en la isba de la familia Lykov, ya sólo quedan dos de sus componentes: el padre, Karp Osipovich, de avanzada edad, y la menor de sus hijas, Agafia. La madre había muerto hacía mucho y los otros tres miembros de la familia fallecieron el mismo año por causas naturales. El autor, en su labor periodística, recoge la descripción del primer encuentro con los geólogos (¡el grupo estaba dirigido por una mujer que no vestía como tal y sabía leer y escribir! Las mujeres Lykov estaban muy orgullosas de saber leer) y de los avatares de la familia hasta que fue a entrevistarse con ellos.

Cierto es que no se ahonda demasiado en el "cisma ruso", pero sí se nos pone en antecentes: el zar Alejo, consciente de que los textos sagrados de su religión son traducciones de otras traducciones y por tanto se van propagando los errores y las malas interpretaciones, decide encargar nuevas versiones, traducidas directamente del griego. Cuando en estos textos revisados se descubren importantes diferencias con los comúnmente aceptados, algunos se aferran a los ritos en la forma que ya conocían y se niegan a reconocer estas escrituras corregidas. Ya que no se adhieren a la religión oficial, optan por apartarse del mundo en enclaves lejos de la civilización. En un país tan extenso como es Rusia, esto podría parecer fácil, pero a la población a la que se retiraron los Lykov llegó un destacamento de soldados en busca de desertores. Dado que renegaban de identificaciones y "papeles del mundo" y asustados porque un pariente había resultado muerto en un altercado con los soldados, los Lykov se internaron en el bosque y vivieron sin ningún contacto humano durante cuarenta años, a base de patatas y guisantes.

Tras ese primer reportaje, sus lectores reclamaban más información sobre estos viejos creyentes y Peskov volvía cada año. Llevaba consigo las donaciones de aquellos que se interesaban por el bienestar de los Lykov y aquí está lo más interesante (desde mi punto de vista, claro): ellos no aceptaban nada procesado por "provenir del mundo", así que la ropa debía ser nueva (el autor razona el por qué de esta condición y me resulta lógica,  pero sorprendente), no aceptaban hacerse fotos y, desde luego, no consideraban siquiera reintegrarse en la sociedad, por más que retomar el contacto humano y recibir ayuda con la cosecha y suministros les era cada vez más indispensable.

Según se avanza en la lectura, los Lykov siguen aferrándose a sus principios, pero relajan su observancia en lo relativo a ciertos objetos que les facilitan la vida. No tocan a sus visitantes, pero empiezan a dar por descontada la ayuda. Personalmente, aunque el autor habla de ellos con admiración, dadas las pruebas que habían superado en aras de la fe, encuentro en estas personas algo (mucho) de egoísta: cuando su padre muere y Agafia se queda sola, no duda en recurrir a los demás porque "dijeron que lo harían", como si el mundo con el que no quiere contacto le debiera algo. Sus principios dejan de ser tan estrictos cuando le va algún tipo de interés en ello, pero se niega rotundamente a trasladarse a alguna comunidad afín a sus creencias porque están demasiado contaminados para ella. Sin embargo, no hay contaminación que valga cuando se trata de invertir un buen dinero en enviar un helicóptero en su busca cuando se encuentra indispuesta. Los preceptos de la fe son curiosamente elásticos.

Es sorprendente cómo los rusos respetan y protegen ese arcaísmo viviente, esa reliquia de un cisma religioso que yo no conocía (no he indagado más, aunque el tema parece interesante). La actitud hacia ellos desmonta algún tópico relativo a los comunistas y su relación con la religión.

Fue mi primera lectura del año, por eso tengo registradas estas impresiones en el que iba a ser un diario de lectura que abandoné en el sexto libro. A pesar de haber leído algo que no pretendía, fue una sorpresa muy agradable. Siempre lo es aprender algo nuevo.

15.5.21

No me dejes así

Si Ulises 31 y La pequeña Polon determinaron mi amor por la mitología y la cultura clásica, Dragones y mazmorras me arrojó a los brazos de la fantasía épica y los juegos de rol: definitivamente, los programas infantiles de mi época son la causa directa de todas mis pasiones. Cierto es que ya hace mucho que no soy una kender y que ya no hay tanta proporción de ese género en mis lecturas, pero de vez en cuando me gusta deleitarme con una buena ración de magia y dragones. Algo de eso creí atisbar en la sinopsis de Soñando con bosques, de Virginia Pérez de la Torre, publicado por Cazador de ratas, cuando lo encontré en la Feria del Libro de Tomares y por eso me lo llevé. No me fijé en la autora, de la que leí y aborrecí Hijos del dios tuerto, omisión de la que ahora me alegro.

El rey de Novana ha muerto y el príncipe Tearate debe guardar el debido luto antes de ascender al trono. No es ajeno a que algunos de sus nobles aspiran al puesto, en tanto que otros desean la independencia de sus tierras. Parece ser que hubo algún tipo de cataclismo y el país es una isla resultante del mismo, pero algunas de sus regiones fueron desgajadas de territorios ocupados por otras etnias, con otra cultura, y aspiran a erigirse en naciones por derecho propio. Esos norteños, los re-hann, tienen algo de druidas o algún tipo de poder relacionado con la naturaleza, pero del mismo modo que no hay demasiados datos sobre el origen de la isla y las particularidades de los distintos dominios, tampoco se extienden demasiado sobre la naturaleza de esa raza que se pinta la cara de azul, como los pictos. Una de esas mujeres es el aya de Isobe, hermana de uno de los señores más poderosos de Novana, y de Diaina, la hija del mismo. La niña tiene sueños premonitorios y extrañas ausencias que tanto su tía como el aya aceptan con naturalidad aunque no parezcan relacionados con la tríada de dioses que componen el panteón de la religión oficial. Cuando los conspiradores se ponen en marcha para evitar que Tearate sea coronado, el futuro rey se retira, enfermo, y comienzan a correr rumores sobre su muerte.

Son muchas las cuestiones propuestas, ¿verdad? Estuve buscando si había alguna continuación, porque pensé que estaba ante la primera entrega de una trilogía, pero no: ni detalles sobre el cataclismo; ni descripciones de los ritos ni habilidades de los re-hann; apenas alguna referencia a partir de la cual inferir las rencillas en el seno del clan independentista; ningún dato sobre la madre de Diaina para que podamos imaginar por qué la niña tiene esas habilidades (algo se dice sobre el aya, pero todas las referencias son muy vagas); las imágenes apocalípticas se repiten sin que en ningún momento se vea la realización del augurio; la resolución es apenas un parche y se insinúa que todos los participantes en la trama guardan un as en la manga y no van a conformarse con el papel que finalmente les ha correspondido. Llegué al final pensando que no se había resuelto nada. Me habían planteado un puzzle rico y complejo y me enseñaban la imagen de la caja, pero todas las piezas seguían sueltas dentro.

No puedo decir que no me haya gustado, porque la promesa que me realizaba la autora sí me seducía, pero me he quedado a medias en todo. Necesito una segunda parte ya.

11.5.21

A mi edad y todavía me derriban mitos de la infancia

Me parece mentira que vaya a retomar el blog tantísimos años después. De hecho, seguro que es mentira que lo resucito y no vuelvo a teclear nada después de esta entrada, pero mi amigo Luis me dijo que el suyo le ayudaba a ordenar ideas y combatir la rutina del teletrabajo y quién soy yo para discutir a Luis. Es cierto que ya he perdido la costumbre de analizar mis lecturas, porque Instagram tampoco deja explayarse a placer y son ya demasiados años ciñéndome al formato de Twitter, pero ¿por qué no probar?


Para ser honesta, no he estado muy atinada al elegir el libro sobre el que disertar, pero es el que tengo más reciente: De Homero a los magos. La tradición oriental en la cultura griega, de Walter Burkert, editado por Acantilado. En mi descargo diré que soy de ciencias puras y que eso no implica que carezca de pensamiento crítico como parecen creer muchos defensores de las humanidades, pero sí que no me he preocupado demasiado en ahondar en ciertos asuntos que me enseñaron hace muchísimos años y me limité a incorporar a la poca o mucha cultura general que pueda tener: me contaron que Grecia era la cuna de la cultura europea y de la filosofía, que Homero era el padre de la literatura, que toda aquella cultura era digna de admirar y me tragué el paquete completo sin cuestionarme nada.


Puesto que esto es un blog personal y lo que voy a dar es mi opinión, es justo poneros en antecedentes (o quizá no sea justo, pero lo voy a hacer igualmente): cuando era pequeña veía Ulises 31 y quedé tan prendada que le pedí a mi padre que me comprase la Ilíada. Obviamente, allí Ulises era Odiseo y no sólo no se reproducían en el mar las aventuras que yo había visto en el espacio, sino que a mis ¿nueve? tiernos años me di de bruces con el catálogo de las naves. Fue un desastre, pero el amor por la mitología grecorromana ya estaba ahí y la tele lo seguía alimentando (me refiero concretamente a La pequeña Polon). Fui creciendo, fui leyendo y me maravillaba que incluso el más intrincado de los culebrones pudiera rastrearse hasta algún mito griego, sensación que me confirmó Borges cuando escribió aquello de Cuatro son las historias.... Sin embargo, me tomé la mitología como una serie de anécdotas e historias truculentas, a veces divertidas, explicaciones inocentes del origen de animales, constelaciones o costumbres y nunca fui más allá hasta hace un par de años que descubrí a Walter Burkert: los mitos son causa o consecuencia de los ritos religiosos y estos a su vez son fruto de la sociedad en que se desarrolla. La cultura griega se extiende durante muchos siglos, influye y es influida por los pueblos que la rodean o la invaden y yo, que había comprado la idea del germen de la cultura europea en su pureza primigenia, nunca me había preocupado de pensar en ello.


En De Homero a los magos, Burkert establece paralelismos entre ciertas escenas de la Ilíada y otros episodios de la epopeya de Gilgamesh, que yo no he leído. Sí reconoce la originalidad de la filosofía griega pero ¿fue un invento netamente griego? De nuevo se pone en el contexto del Mediterráneo y el Próximo Oriente, lugar este último donde las matemáticas y la astronomía estaban lo bastante avanzadas como para no conceder todo el mérito a los griegos, aunque estos supieran aprovechar bien la base que les daban sus vecinos. Es cierto que no estoy ducha en filosofía, conozco mejor la Ilíada por lo que otros han escrito sobre ellas que por lectura directa (ya he comentado cuán traumático fue) y mis pesquisas sobre los cultos mistéricos no han llegado todavía a los órficos, así que me ha faltado algo de base para sacar todo el provecho a esta lectura, pero sí que ha supuesto una caída del caballo: las cosas no surgen por generación espontánea, sino que evolucionan a partir de lo preexistente. Parece una tontería, pero los méritos de Grecia eran algo inoculado hace tanto que lo tenía totalmente idealizado.


El libro se construye a partir de unas conferencias que dio el autor, así que se estructura en cuatro capítulos que desarrollan cuatro temas diferentes: "Rasgos orientalizantes en Homero"; "Cosmogonías griegas y orientales: temas comunes y elecciones en contraste"; "El Orfismo redescubierto"; y "El advenimiento de los Magos". Bajo estos epígrafes se desarrollan las distintas comparativas a las que sólo puedo oponer el pero de mi propia ignorancia: no sé griego, así que cuando hace transcripciones de distintos textos para discutir los matices introducidos por las distintas grafías estaba muy perdida. De manera similar, cuando habla de cualquier filósofo para comparar su cosmogonía con la religión irania no sabía de qué sistema estaba hablando y tenía que parar de leer para buscar en Google. No digo con esto que sea una lectura tediosa o árida, porque ahora tengo nuevas perspectivas para abordar el tema griego, pero sí que no he sabido sacarle todo el provecho que podría.


¿Que no os he contado nada del libro? Es verdad, pero si os detallo todo lo que he aprendido ya no os haría falta leerlo, ¿no?

29.1.12

Sobre Juan Eslava Galán y los moros

No entiendo nada de literatura, pero sé qué me gusta y qué no. Cuando (he perdido la cuenta de los años que hace de aquello) cayó en mis manos En busca del unicornio, que fue Premio Planeta, me gustó mucho el manejo del lenguaje. Qué más me daba que se hablase del culo de las negras y de la diferencia entre follar con una de ellas o con una europea, si lo que me estaba epatando era la facilidad con que me engañaba, con la que me hacía creer que quien me contaba la historia era un personaje de la época. La ventaja de no ser filóloga es que no puedo detectar si se cuela algún giro o expresión que esté fuera del contexto de la historia, así que el autor me convenció. Más tarde encontré por casa Guadalquivir y me reí tanto con esa novela que decidí que merecía la pena leer a este autor.

Con el correr de los años he ido leyendo lo que ha caído en mis manos de este autor (aunque no ha sido tanto como me gustaría, aún me falta mucho) y he llegado a la conclusión de que me gusta más el Eslava Galán divulgador que el novelista, porque es irónico, mordaz y muy divertido: nunca se me olvidará aquella asociación que hace entre las sociedades recolectoras que pasaban tanta hambre y los atracones que nos pegamos los españoles en bodas, bautizos y comuniones en Historia de España contada para escépticos; aquellas disertaciones sobre la mala hostia que gasta Dios en El catolicismo explicado a las ovejas; y la monita poniendo cachondo al monito para asegurarse el sustento de su progenie en Homo erectus. Todo contado de una manera casi casual, sin esfuerzo, y coronado por una amplia bibliografía por si alguien no se cree lo que ha leído y quiere contrastar las fuentes.

Entre mis regalos de Reyes, por tanto, se encontraban El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo (no tan divertido como El catolicismo explicado a las ovejas, pero es que el tema no da tanto de sí), El mercenario de Granada (que no me ha entusiasmado demasiado, para qué negarlo) y el que me ocupa hoy, Califas, guerreros, esclavas y eunucos. Los moros en España, que si me ha movido a retomar la actividad bloguera no es tanto por el mérito de resumir ochocientos años de ocupación islámica en menos de cuatrocientas páginas (y aún así, ingeniárselas para describir con el mayor detalle los atuendos, comidas, hogares, distribución de las ciudades y costumbres) como por terminar con la situación actual del Islam en España, cosa que ha suscitado alguna reflexión en mí y me ha descubierto tan intolerante con la religión árabe como ya lo soy con la católica.

No voy a mentir y, por tanto, no negaré que casi todo lo que haya podido aprender de esta lectura se me habrá olvidado al cabo de dos días. Intentaré retener ciertas palabras que me resultaban desconocidas, como almotacén, alfaquí, alfaqueque o elche, pero si mañana me preguntáis alguna fecha o el nombre de algún caudillo, no os sabré contestar. Eso no le resta ni un ápice de mérito, porque soy incapaz de mantener mi atención el tiempo suficiente como para leer una monografía y aprender sobre el tema, ya que a las pocas páginas ya me hago un lío con los nombres, pero sin embargo este libro me lo he leído en dos tardes. La prosa es clara, amena, sencilla y los capítulos son cortos y concisos: se alternan los de Historia (así, con mayúsculas) con la descripción de los usos y costumbres de la época. Fue muy curioso descubrir la receta del "precursor del gazpacho", porque no hay que olvidar que el tomate provino de América y aún no había sido importado. También hay capítulos dedicados a la doctrina islámica y se explica por qué se usa la designación "moros" en lugar de "árabes" o "islámicos", dado que hubo sucesivas oleadas de ocupación por distintas tribus, que se aplicaban una variante u otra de la religión.

Todo lo anterior es interesante y curioso, pero a lo que verdaderamente saqué provecho fue a la parte final, a la que trata la situación del Islam en España en la actualidad y a los prejuicios que se tienen acerca de esta religión. No sólo el autor desmitifica el mito de las tres culturas al describir cómo había ventajas fiscales para los creyentes del Islam (lo cual propiciaba la conversión de los cristianos sometidos) y los correspondientes guetos para judíos y cristianos, que habían de distinguir su condición entre los musulmanes; también tira por tierra el mito de los herederos de Al-Ándalus, porque tras la Reconquista se expulsó a todos los moros y se repoblaron las tierras con cristianos del norte. Tampoco se libran las artes andalusíes, puesto que se mencionan estudios que las tildan de pobres copias de las modas imperantes en Oriente, importadas. Todos los mitos tirados por tierra, puesto que también intenta tirar, sin conseguirlo, la imagen del Islam como una religión ecuménica que persigue las libertades individuales, somete a las mujeres y divide el mundo entre "la casa del Islam" y "la casa de la guerra". Juan Eslava Galán intenta hacernos comprender que el término yihad (la guerra santa) no tenía el significado literal que se le da ahora; nos traslada entrevistas con españoles que se han convertido por su propia voluntad (y me cuesta creer que la gente pueda renunciar a determinadas libertades por temas religiosos); en definitiva, intenta separar lo que es la religión de los regímenes dictatoriales que la utilizan para gobernar los países islámicos. Sin embargo, en España aún no conseguimos sacudirnos la influencia de la Iglesia Católica en muchas cuestiones, así que ¿cómo podemos tolerar que lo haga una segunda religión, que admite que te conviertas a ella pero te castiga con la muerte si apostatas? Se trata de eliminar las subvenciones a los distintos credos, no de que los musulmanes trinquen de las arcas como ya hacen los curas. Y, lo más importante, ninguna sharia puede tener preeminencia sobre las leyes que gobiernan el país de acogida, mucho menos sobre los derechos humanos. Así que una religión que aspira a imponerse (esto es, igual que la que ya tenemos) no puede aceptarse sin recelos, esgrima el señor Eslava todos los argumentos que pueda esgrimir a su favor.

Y con esto y un bizcocho, hasta que me encuentre capaz de redactar algo coherente, que he perdido toda la costumbre :S

9.1.12

Compartir cultura y esas cosas

Últimamente paro poco en casa y el tiempo que paso en ella lo dedico a las redes sociales, donde encuentro muchos enlaces con información interesante. El resultado es que leo mucho, pero todas mis lecturas son artículos de divulgación científica, curiosidades, viajes, noticias (sorprendentes o indignantes) y similares, en detrimento de la novela y, sobre todo, de la escritura: es mucho más fácil twittear el enlace a un artículo que sentarse a comentarlo, de ahí que tenga este blog (y todos los demás) tan abandonado y la neurona tan oxidada.

Puesto que no abundan las ganas de escribir, no me detendré en exponer mi postura ante la piratería, porque Internet nunca modificó mis hábitos de consumo: las películas que me gustan las veo en el cine, antes de tener ordenador tampoco compraba discos y, puesto que mi economía no me permitía demasiadas ediciones en tapa dura, con sobrecubierta, mi biblioteca siempre se ha surtido de ediciones de bolsillo y de saldos. No negaré que si me faltaba algún tomo de una trilogía descatalogada acudía a las redes P2P, pero leer en la pantalla siempre me ha dado mucha pereza y por ahí andan los archivos, sin descomprimir siquiera. Cuando aparecieron los aparatos óptimos para leerlos, no me convencieron, porque me gusta cómo destacan las letras negras sobre el fondo blanco, ese contraste tan vivo sin el brillo de la pantalla del ordenador y sin esa apariencia tan gris del lector electrónico. No pirateo libros, pero tampoco me gusta que se criminalice a los internautas, así que cuando se aprobó la ley Sinde (aquí un resumen esclarecedor de la ley) y en Twitter comenzó a utilizarse el hashtag #ComparteCultura, decidí hacerme eco.

Puesto que el máximo exponente parece haber sido Kurioso y su recopilación de enlaces que comparten contenidos sin ánimo de lucro, me parece justo dejaros su artículo, con el correspondiente listado: http://kurioso.es/2012/01/09/compartecultura/. Y si miráis los resultados para ese hashtag, encontraréis que algunos autores comparten su obra de forma totalmente gratuita, lo cual es una buena ocasión para dar una oportunidad a un escritor novel o poco conocido.

A ver si en un futuro próximo escribo algo de cosecha propia para aburriros como solía.

28.8.10

Digresiones

Soy muy dada a irme por las ramas. Jamás he sido capaz de centrarme en un tema cuando soy yo quien redacta, pero en determinado tipo de prosa no soporto que el autor rellene páginas y páginas que no aportan nada a la trama. Valoro los detalles en apariencia intrascendentes que sí demuestran tener relevancia a posteriori porque me gustan las historias bien construidas, pero una disertación sobre el ciclo vital de los grillos en una biografía novelada de un emperador romano suele parecerme un estorbo gratuito, por poner un ejemplo. Por tanto, cuando en un cuento de Fernán Caballero, concretamente en Simón Verde, he encontrado este párrafo, no he podido resistirme a copiarlo:

"Volvamos a la narración, puesto que nos echan en cara nuestras digresiones. ¡A narrar, a narrar! ¡Al sembrado y a sembrar patatas! Las digresiones están de más, que también en literatura hay hombres positivos. ¡Digresiones! ¡Pues no es nada! La prosa se escadaliza, la narración se indigna, el verso grita: ¡usurpación! El tiempo pide estrecha cuenta; el interés reniega de estos jaramagos parásitos y la atención dice que no quiere vagar como un papanatas, sino que quiere caminos de hierro para estar al nivel de los adelantos de la época. ¡A tus agujas, sastre!"

Sin entrar en lo proclive que es la autora a divagar y a introducir esas digresiones a las que hace referencia, la verdad es que Fernán Caballero puede que fuera la precursora del realismo español, pero su lectura no me ha satisfecho en absoluto: demasiada insistencia en que la riqueza equivale a degradación moral, vicios, envidias y ambición (como si ella misma no hubiera sido una persona acomodada y no la hubieran alojado en los Alcázares de Sevilla sus mecenas ilustres), demasiado hincapié en que la bondad reside en los humildes y se ve recompensada, demasiada mojigatería. Es más, los diálogos de los andaluces de a pie están tan salpicados de frases hechas y giros coloquiales propios de la vega del Guadalquivir que más parece un muestrario del habla local que una conversación coherente. Yo vivo en el Aljarafe y participo de ese habla, pero ensamblar todo un diálogo a base de frases hechas me parece una exageración. Dudo mucho que vuelva a leer nada de esta autora, por muy clásico de la literatura española que sea.